viernes, 27 de mayo de 2011

Las variedades de verde

Ayer de tarde vino una amiga a visitarme. Era uno de esos días que, desde que comienzan, uno sabe que los va a cargar hasta que terminen. Yo los llamo, cariñosamente, los domingos yunque. 

El panorama no era muy optimista, hasta que  la puerta se abrió y se alivianó  un poco el peso. Nos sentamos a merendar y abrimos un budín que trajo ella. Al sacar el envoltorio descubrimos una sustancia viscosa y verde que tapaba, casi en su totalidad, la superficie del  producto.

Por suerte, teníamos algún otro recurso alimenticio, pero no de mi propia autoría. No había tenido ganas de cocinar. En realidad nunca tengo ganas, además vivo al lado de un minimarket.

La panza no chifló, ni el yunque volvió a aparecer. Pero el episodio me transportó a mi infancia, impidiéndome escuchar la anécdota en la que mi amiga perdió su celular. El budín mohoso me trajo a la mente otro budín, pero sin moho. El que comía en las reuniones de Navidad de mi familia materna. 
No llegué a vivir muchas, la última fue cuando tenía cinco años, pero algunas imágenes las tengo grabadas en mi mente. El punto de encuentro era la chacra de unos tíos de mi madre, allí se reunían tres generaciones, más de 20 personas.

El camino de entrada a la casa era todo un acontecimiento. Empezaban los bocinazos anunciando la llegada, los gritos de “feliz Navidad”, de ventanilla a ventanilla y los perros que ladraban y movían la cola. Mi madre le daba a su tía lo que le correspondía llevar y, al abrir la heladera, quedaba a la luz un mundo nuevo por descubrir.

Nosotros, los niños, correteábamos por ahí. Mientras los grandes comenzaban con el banquete bajo la sombra del parral. Después, ya con todos en la mesa,  la seguíamos: ensalada rusa, jamón crudo, ravioles caseros, pollo a la portuguesa… Entre otras cosas de las que ya no me acuerdo.  Después los postres.
Otra de las imágenes involucra las charlas de los adultos. Recuerdo mirarlos desde el patio y descubrir la onda expansiva de las risas, como fichas de dominó. Carcajadas que comenzaba uno y seguían todos.

Eso se extendía hasta la noche. Los adultos brindaban con sidra y nosotros con refresco, pero el mero hecho de tomar en copa y chocarla con las de los otros, era sublime.

Puede ser que todo esto tuviera algo de gula. Pero la comida no era sólo comida, era mucho más. Al llevar algo, y casero, se hacía una contribución a todo lo demás que se compartía ese día.

 Las risas siguen retumbando por ahí, más que nunca los domingos.




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