Una sola gira con muchos giros. Muchos por persona, por día, por hora…Tantos que marea. Una vuelta sin principio ni final. Una locura.
Algunos le llamarán miscelánea, otros: popurrí. La verdad es que cualquiera de las dos palabras me resulta horrenda para definir ese conjunto de pelos, humo y buena música que formó parte de la Rolling Thunder: una serie de conciertos circenses por Nueva Inglaterra.
Todo un grupo de amigos que, aunque no lo quieran reconocer, alaban a uno sólo. Al que consiguió juntarlos, al hermano que ninguna hermana quiere tener como hermano, al Orfeo obediente de la mitología musical. Porque si es que existe tal cosa como una mitología de la música, Dylan está ahí, protagonizando alguna hazaña.
Y sí que existe. Oh sí.
Esos mitos que rodean a las estrellas de rock y los glorifican. Mitos que hablan de la falta de religión, el maltrato a la prensa, las mudanzas a París y la asfixia por vómito. En fin, esos mitos que de mitos, poco. Cosas que, en el fondo, no hacen más que hablar de un estilo de vida.
Mucho de eso estuvo presente en la gira de Dylan y sus amigos, pero todo el palabrerío anterior está de más. Suena demasiado estructurado para hablar de una travesía que se puede definir con una sola palabra: ir. Ir haciendo música por ahí, sin más.
Una cápsula que se mueve por las carreteras americanas con un equipo de filmación arrumbado y unas Scooby galletas espaciales, que provocan alucinaciones en los ansiosos y aburridos sabuesos. Los delirios de Ginsberg, el escamoso misterio de Scarlet Rivera, el cadavérico disfraz de novia gitana de Joan Baez, el mago, el alquimista… Todo en un mismo lugar. O, con viento a favor, en una misma litera.
La motorhome verdiblanca llega a algún hotel de dos estrellas bajo cero. La preparación va por dentro, pero siempre se puede compartir alguna raya de nieve.
Bob Dylan pellizca una guitarra hawaiana, trata y trata, pero no puede. Mientras tanto, una pelota de ping-pong repiquetea a sus espaldas. Pero no lo hace, bajo ningún concepto: no mira hacia atrás.

