viernes, 27 de mayo de 2011

Alquimia en el motorhome




Una sola gira con muchos giros. Muchos por persona, por día, por hora…Tantos que marea. Una vuelta sin principio ni final. Una locura.

Algunos le llamarán miscelánea, otros: popurrí. La verdad es que cualquiera de las dos palabras me resulta horrenda para definir ese conjunto de pelos, humo y buena música que formó parte de la Rolling Thunder: una serie de conciertos circenses por Nueva Inglaterra.

Todo un grupo de amigos que, aunque no lo quieran reconocer, alaban a uno sólo. Al que consiguió juntarlos, al hermano que ninguna hermana quiere tener como hermano, al Orfeo obediente de la mitología musical. Porque si es que existe tal cosa como una mitología de la  música, Dylan está ahí, protagonizando alguna hazaña. 

Y sí que existe. Oh sí.

Esos mitos que rodean a las estrellas de rock y los glorifican. Mitos que hablan de la falta de religión, el maltrato a la prensa, las mudanzas a París y  la asfixia por vómito. En fin, esos mitos que de mitos, poco. Cosas que, en el fondo, no hacen más que hablar de un estilo de vida.

Mucho de eso estuvo presente en la gira de Dylan y sus amigos, pero todo el palabrerío anterior está de más. Suena demasiado estructurado para hablar de una travesía que se puede definir con una sola palabra: ir. Ir haciendo música por ahí, sin más.



Una cápsula que se mueve por las carreteras americanas con un equipo de filmación arrumbado y unas Scooby galletas espaciales, que provocan alucinaciones en los ansiosos y aburridos sabuesos. Los delirios de Ginsberg, el escamoso misterio de Scarlet Rivera, el cadavérico disfraz de novia gitana de Joan Baez, el mago, el alquimista… Todo en un mismo lugar. O, con viento a favor, en una misma litera.

La motorhome verdiblanca llega a algún hotel de dos estrellas bajo cero. La preparación va por dentro, pero siempre se puede compartir alguna raya de nieve.  
Bob Dylan pellizca  una guitarra hawaiana, trata y trata, pero no puede. Mientras tanto, una pelota de ping-pong repiquetea a sus espaldas. Pero no lo hace, bajo ningún concepto: no mira hacia atrás.


La venda en los ojos





El mundo está configurado para los que ven. Los carteles, las señales de tránsito y hasta los números de los ómnibus dejan por fuera a los ciegos, que deben recurrir a la buena voluntad de algún transeúnte para moverse en la vía pública. El problema está en que, muchas veces, esa buena voluntad escasea.

Un grupo de alumnos de tercero de la Universidad de Montevideo realizó un piloto de un programa de televisión llamado Giros. La consigna del programa era someter a gente común a situaciones ajenas. En ese piloto, dos jóvenes, una chica y un chico, vivieron la experiencia de estar ciegos por un día. Los participantes realizaron todas las actividades diarias de cualquier persona, pero sin visión.

El lema del piloto era: “Simplemente se trata de hacer ver a los que ven”.

Y de ahí parte todo. ¿Quién es más ciego?, ¿el que no ve o el que ve solo lo que quiere ver?, porque eso es lo que hace la gente en la mayoría de los casos. Vemos, pero no escuchamos, no olemos, ni sentimos. Todo eso queda en undécimo lugar.

La experiencia de taparse los ojos no es placentera, pero permite descubrir otras cosas de la realidad que están ahí y no les prestamos atención. Ruidos, aromas, texturas…

En Giros, los chicos compartían la idea de que no se sabe qué es la ceguera hasta que se vive en carne propia. Pasaron por todos los sentimientos: frustración, tristeza y humillación. También el disfrute de conseguir lo que querían.

¿Cuántas veces la gente se queja de sus problemas?, de lo que no puede conseguir, de lo difícil que es todo. No se valora todo lo que se tiene. Las personas sin visión pierden mucho, pero valoran otras cosas. Llenan ese hueco.

Los propios ciegos comentan que no desarrollan más otros sentidos, sino que se los valora más. Vivimos en un mundo configurado para los que ven, pero porque eso es lo que único que queremos: ver.